Antes que todo una aclaración. Sr. E es probablemente el único personaje ficticio dentro de esta sopa de señores con letras que conforman La Ultima Papita. Aunque cueste creerlo, pero Sr. N o Sr. M existen como tal, mientras que yo solo me remito a un comportamiento o conducta casual.
Hecha esta acotación, mi colega Sr. C usurpa mi personalidad y relata en primera persona una anécdota musical de esas que tanta lata nos da leer.
Salimos a recorrer Valparaíso en una de esas caminatas nocturnas que de vez en cuando se hacen necesarias. Con el engrudo tibio, la brocha o utensilio similar de turno y el rollo de papel con nuestra propaganda impresa. Bajamos a la estación Barón y usurpamos el frontón aquel donde chocan los zombies cada dia, cada mañana, todos los putos dias del año. Incluso esa mañana cuando mochila de camping al hombro te diste cuenta que tus vacaciones y el Elqui quedaron lejos muy lejos.
Dieciséis afiches, uno al lado del otro, otra corrida un poco mas abajo. Un improvisado papel tapiz y ya agarramos la mano. Vamos por Uruguay, asaltando cajas de electricidad, sigamos por los paraderos de Pedro Montt donde las viejas y sus bolsas del super harán que las fotos salgan mas lindas. Llegamos a Condell, la muni en nuestras narices y que tanto, la maldad ya está hecha. Chaucha cabros, los verdes vienen de frente. Cagamos. Pongamos cara de weón. Bota el engrudo.
Pasaron de largo. Corrimos de todas maneras por Salvador Donoso, para cortar luego por Bellavista y dejar nuestra huella en Ecuador. Nadie nos para wacho. Nos haría bien una petaca para el frío mira que las manos con engrudo se congelan y como si eso fuera poco, vamos impregnándonos de la asquerosidad de todas y cada una de las paredes que osamos intervenir. Todos los esfuerzos urbanos azotados contra el muro, ahora abrazan nuestras valientes humanidades que se jactan de burlar la noche. Cumming sufrió de nuestra rabia y ahora marchamos hacia el puerto.
Desde el colegio que me gustó eso de diseñar afiches. La típica completada para juntar fondos, la fiesta para engrupir a las chicas de primero medio, la tocata para punkear con los compañerxs de ruta. En esta travesía porteña de turno llegamos a distinguir en algunas paredes hasta 5 capas de afiches de antiguas tocatas, uno pegado sobre otro, siendo todos de nuestra autoría. Que manera de acabronarse pienso… pero qué más da, es nuestra pega. Toparse con uno de ellos cuando voy a pagar alguna cuenta es de las mejores sensaciones del mundo. Bueno ni tanto, pero me dijeron que en esta columna hay que ponerle color.
Llegando a Sotomayor se nos acaba el engrudo y solo nos quedan unos 10 afiches. Tarea cumplida, ahora de vuelta por las mismas calles, siempre las mismas quejas… los mismos problemas…
Caminamos harto, ya estamos otra vez en Barón y para sorpresa nuestra no existe vestigio alguno de nuestra faena. Una redada de algún boliche bien blondo pegó 88 afiches sobre nuestros precarios 16. Lo mismo hicieron por P. Montt. No alcanzamos a grabar nuestros nombres en el cemento fresco, la posteridad nos posterga otra vez.
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srta C







