Foto: rafa2010 [cc]
El Señor N (que de Señor no tiene nada, y la N lo obvio: obvio para los que sabemos se llama Nemesio) me pidió hace ya algún tiempo una columna semanal para LUP (que de original, y supuesta parodia a LUN, tampoco tiene nada) con la libertad de escribir sobre lo que quisiera, libertad que últimamente, o tal vez siempre fue así, se ha visto bastante tutelada. Me pidió, como primera columna, escribir sobre el último Premio Alfaguara de Novela, el proletario e iletrado Hernán Rivera Letelier –no hablo, no escribo de analfabeto ya que a sus treinta y nueve años, puede haber sido más o menos, da lo mismo, ofrenda social, Inacap, aseguro dudosamente, después de un paso por la escuela nocturna, a estas alturas nido de las altas letras chilenas, le entrega un certificado de estudios medios, menores, mínimos.
De esto hace ya algunas semanas (el pedido de Nibaldo, la columna, no el certificado de estudios no certificado) cinco o seis semanas, quizá ocho semanas, puede que sean tres meses fácilmente. Esto fue antes que llegara su última novela a Chile, lo cual la crítica literaria era tarea cómoda para mí, incluso prometedora, ya que sus anotaciones supuestamente noveladas hablan básicamente de lo mismo –putas, pobreza, bares de mala muerte, pampinos, más putas, la vida obrera y más putas, obreros y putas-, como su lenguaje de adjetivos portentosamente desmesurados, pomposos, rebosantes de mal gusto, como el vaso fantasmagórico que se posaba en la barra salitrera de La ranchera hacia cantar a la Reina Isabel –he estado más de alguna vez en algún bar, incluso en bares fantasmagóricos, bares donde sus clientes perecen o son fantasmagóricos, pero nunca un vaso lo ha sido-; o la cursilería y lo dulzón de la descripción de un desierto con ángeles alados –prodigiosa adjetivación- en Los trenes se fueron del purgatorio; que hablar de sus estructuras literarias –de paso digamos que no sabe de estructuras literarias, viene de la pobreza más hirsuta, la iletrada, el bajo mundo-, donde su estructura carece de todo y es risible, errada, pretenciosa por creer que se trata de una estructura, ya que capítulo a capítulo de su A la maría que no era santa se le puso la flor negra (creo no he errado la referencia de sus libros) juega a ingresar distintos tipos de narradores como los omniscientes, los omnipresentes, las primeras personas, las terceras personas y mezclarlos todos arbitrariamente, por referir algo.
Tal vez lo aprendió en algunas de sus clases exiguas de español, lo llamaremos así, donde cree que se puede contar una historia de esa manera; como siempre la historia no la sabe manejar, ni apuntar la historia latente que no se cuenta, pecado tal vez por leer a García Márquez, doble pecado ya que el adorno de mal gusto y la floritura también quizá se lo deba a él, triple pecado por no leer a los rusos y saber tratar a los personajes; el cuarto pecado es creer pretender hacerlo, los pobres tienen esperanza, tienen fe, los proletarios la soberbia, de con sus pocas y mínimas lecturas hacer literatura, es como si un ciego hablara de Pissarro o Modigliani o Renoir o Utrillo. Me pareció, ahora que no leo a Letelier, ahora que no soporto más de dos páginas de sus libros, una falta de respeto, y por lo demás inapropiado, hablar de sus libros sin leerlos, hablo de su última novela La resurrección es una arte.
La demora ha sido debido a esto, un par de meses, tres quizá, creo, pero ahora como su libro llegó con un tiraje impresionante, supongo, como todos sus libros, supongo (lo cual me convierte en un ecologista converso: tanto árbol muerto, derribado –recordé un poema de Robert Frost- ocupados en la impresión de su horrible sintaxis, sin lugar a dudas corregida por alguien más, por alguien educado, o algo educado) decidí hacerlo. Como dije, ya no lo leo, y por la insistencia del Señor N (creo dije que de Señor no tiene nada) hablaré no de sus libros, no de su literatura que nada tiene que decir y tampoco nos dejará nada, por el contrario, hablaré de su vestir, de la fragua cacofónica de su hablar (me recuerda a Nelson Villagra interpretando al Chacal de Nahueltoro) de su pelo, de su desatino y mal gusto al hablar en público.
Lo leí de joven al joven Hernán, Hernancito se sentía bello e inmortal y cargaba una mujer al hombro cuando lo expulsaron del Perú, del cual había entrado como él dijo a la mala –deduzco que su áspero vocabulario quiso decir sin papeles, sin pasaporte, de manera ilegal-, seguramente como burrero, como proxeneta de peruanas y bolivianas poco agraciadas, tal vez como trabajador de clínicas abortivas o satanista Inca, o para hacer carrera como mendigo en Tacna; yo hasta ahora soy inmortal, por lo menos hasta que mi muerte diga lo contrario, aunque he sentido la muerte, pequeña, febril, pasajera, abrazadora; más de alguien dice que soy bello, aunque ocupan la palabra hermoso, no sé que quieren decir; empero, mujeres al hombro nunca he cargado. ¿A quién pueden expulsar del Perú? Por lo demás, de joven –me siento joven que cree que la frontera del Perú no está lo suficientemente minada- me reía de su prosa.
Pero vamos a lo importante, no me molesta que Hernán sueñe con poseer un estilo literario que sea una mezcla de lo mágico de Rulfo, lo maravilloso de García Márquez, lo lúdico de Cortázar (¿Cortázar lúdico?) y la inteligencia de Borges, me provoca carcajadas, risotadas, y eso que yo soy poco dado a la risa. No, no me molesta su literatura, tal vez porque no sea literatura sino una cosa indescifrable, no me molesta que escriba y haya tenido éxito y haya encontrado una justificación social y beneficios económicos, me molestan sus chaquetas de cuero –en el caluroso desierto- que no conocen de corte, chaquetas infranqueables, esas grandes amigas en su vestir, esos jeans que parecen viejos, tal vez son nuevos pero los hace ver sucios y raídos, me molestan sus camisas horrendas, esa combinación de camionero próspero, de dueño de Fuente de soda, con el respeto que me merecen la gente que usa chaquetas de cuero y las llevan con presencia, aunque siempre las chaquetas de cuero hablan de sueños de vestir de niños pobres. Me molesta profundamente ese soniquete de imperiosas zetas, ese hablar pastoso, tal vez arenoso por el imperioso desierto, un hablar carcelario, un hablar de director de futbol amateur, de futbolista amateur y profesional también, hago referencia a estas lumbreras ya que dice que ha hecho el milagro de hacer leer a los futbolistas y a las mujeres que aborrecen el futbol y por lo demás tienen tan mal gusto como un futbolista, ese hablar que cuando lo escucho me hace pensar, más allá que oiga su menesterosa inflexión, en el Valparaíso miccionado y anochecido con un borracho sucio que me pide una moneda para un vaso de vino, de seguro Hernán diría cañita.
Su pelo, junto a su piel tan árida y marcada como el desierto mismo, hace de su aspecto pendenciero de ex traficante o lanza internacional quizá convertido en pastor evangélico doblar el andar si lo veo caminando hacia mí por el miedo tal vez a que saque de esos bolsillos siniestros un puñal o una pistola que Hernán llamaría fierro o herramienta creyendo que me pegaría un estoque o tunazo, arrancando con poca gloria pero justificada prisa.
Después de la huída podré seguir escuchando como sigue haciendo el amor y escribiendo, como pasa las mañanas en un café del norte y las mujeres lo besan y lo buscan o sabiendo de noticias tales como talleres literarios impartidos por él para niños de colegios municipalizados, colegios de número y letra, algunos con nombres de avión como F- 361 seguramente, para que niños como él escriban como él y nos sigamos plagando de malos escritores políticamente correctos que quieren surgir y ser respetados y no acabar con la respetabilidad, para que el bajo proletariado y el lumpen proletariado haga su entrada triunfal en la literatura ya que tan bien le ha ido en la música y algunas artes plásticas, niños que no leerán pero si escribirán mucho como Letelier. Seguiré escuchando la explicación de sus novelas y su virtuosismo, cuantas horas al día escribe y como cree al parecer haber sido el descubridor del desierto, expedicionario literario de excepción, legionario de las letras, juglar salitrero y trovador de putas.
Tal vez hasta las putas quieran escribir ahora.
Dios bendiga a Hernán Rivera Letelier…
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