Foto: jxo
A mi amigo Alejandro Palacios, que nunca ha escrito en una pared.
La escritura, ejercicio inútil a todas luces, a toda oscuridad, es quizá la última esperanza, quisiera pensar, contra el tiempo, contra la existencia. Su carácter testimonial me hace tener fe en una cierta –o incierta- posibilidad de redención, de única y última salvación. Quizá por eso guardo y amontono mis libros cerca, y dejo algunos sin leer y los miro de lejos cerrados e intactos. Quizá es también por esto que me conmueven atrozmente los burdos escritos en las murallas, todas esas letras y frases urbanas destinadas a desaparecer, a amontonarse ilegibles perdiéndose sin fin –no hablo de los rayados aparatosos y sin forma que para cualquier hombre de letras son incomprensibles pero entre el lumpen, el bajo lumpen (:se les puede reconocer por sus ropas, zapatillas, y sobre todo por el color de su piel), es parte integral de su quehacer cotidiano, firmas y símbolos, supongo marcando territorio o alguna otra gesta sin gesto, el sin sentido propio de esta gente, ilegibles sus rayados como su hablar.
No es difícil encontrar en una ciudad tan vencida por el tiempo como Valparaíso, plasmados en sus muros miles de los más inimaginables stencils (tema aparte), dibujos dispares, graffities displicentes, misivas y declaraciones de amor desesperadas, una bacanal de frases irreproducibles, abyecta propaganda política, e incluso poemas escritos en los peldaños de algunas escaleras. Todos inútiles, todos agónicos.
El desaparecido escritor porteño Gabriel Mránf, poeta inédito y desconocido, perdido hoy, cansado de la escritura, se preguntaba al caminar por sus calles por la metralla grafológica que a diario aparecía en los muros y portales de la ciudad, y por sus anónimos gestores. Fue tanta la obsesión por saber cual era la intención (primaria) de estos rayados que se dedicó por completo a la recolección e inventario de cada uno de ellos y del lugar en donde los iba encontrando antes que inevitablemente desaparecieran, así como fue haciendo su propia galería de personajes y escribientes desesperados, de sombras testimoniales perdidas que cruzaban por las noches con sus empresas a cuestas. Poco a poco iba desenmarañando las historias que cada uno de ellos escondía en una especie de diario personal, de diario perdido y triste de una ciudad que le aterraba perder. Con el tiempo él también se convirtió en una de esas almas sin esperanza –lo quiso así, como si fuese su única esperanza-, en uno de esos secretos escribientes, y sintió, como los escritos en los muros, la irrefrenable necesidad de desaparecer. Al morir, las cartas de (supuesta) despedida que dejó junto a su cuerpo inerte era un conjunto de frases incoherentes, de pequeñas líneas ilegibles que se entrecruzaban.
Para mí, todos estos escritos, como dije, eran parte de algo que estaba más allá de mí y de esta ciudad, como un libro que aguanto en mis manos pero no leeré, como un firmamento caído y sin nombre. Y siguen escribiéndose y desapareciendo. Pero entre todos aquellos escritos que esta ciudad perdió, esperando no contagiarme con la esperanza de desaparecer, hubo uno que llamó profundamente mi atención, ya que al contrario de sus pares morfo(i)lógicos, estos perseveraban sobre los otros y resistían a las inclemencias del tiempo y la sal del mar que se pega a la ciudad. Así mismo estas frases, que deduje luego eran marcadas cada cierto tiempo sus letras, eran oraciones pequeñas y que ordenadas de poniente a levante formaban un mensaje extenso (que ahora me está vedado) por los muros de la –antigua- estación Puerto hasta Portales y Avenida Errázuriz y algunas calles perpendiculares. Además, con la misma tiza azul con la que estaba escrita, había bajo de algunos de ellos un dibujo que parecía trazado por un niño y que retrataban infantil a un trío familiar decimonónico. No obstante, como todos, al fin desaparecieron sin dejar rastro.
Mucho tiempo después supe que esos dibujos y frases los había hecho un viejo vagabundo medio loco que había perdido a su mujer y su hijo en un incendio. Perdió con ellos su vida y dedicó sus últimos años a dejar estos mensajes para que cuando (permitido por su demencia) volvieran, supieran donde encontrarlo. Marcó una y otra vez aquella epístola callejera hasta su muerte, sin que nadie nunca lo encontrara.
Hoy estos escritos, los que aun se pueden leer y los que ya se han ido, toda esa cartografía perdida, hace de la escritura aun más inútil y más imposible y quizá no haya salvación y esa parte de nuestra vida quede lejos de nuestras manos donde ya no podamos reconocerla. Y como a ese viejo a mí también se me hace tarde, se nos hace tarde, y quizá estas líneas sean mi propia cartografía perdida, mis mensajes ilegibles, mi intención de desaparecer al fin, mis declaraciones de amor desesperadas que no llegarán a nadie como tantos otros escritos que esperan olvidados, una despedida que aguardará invisible en este Valparaíso tan desaparecido, tan escrito.
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