Ago 10

La Educación Sentimental - Obras Que Se Pierden - Páginas Mínimas IFoto: Damián Garcia

Para ella, siempre, una y otra vez.
Y para Adolfo Jara Saldías In memoriam

I

Cuando Karl Bernard Taine (escritor apátrida y casi olvidado para todas las letras) escribió su Teoría de la Ciudad recibió incomprensiblemente todo el desprecio de sus pares y su tiempo. ¿Qué había en esas páginas (que apenas han resistido al tiempo y el olvido, jamás al silencio) que llevó a quienes lo conocieron y criticaron primero benévolamente, luego su familia y amigos, a tratarlo como el peor paria, condenarlo y convertirlo en una sombra (que no debía tocarlos siquiera), en un proscrito para toda sociedad, y aun peor, en una pérdida irreparable para la literatura? Creo que hoy o más tarde no vale la pena ocuparse de esta pregunta, menos de estas cuestiones deleznables que inundan y se seguirán repitiendo en el pasar del tiempo dentro de la literatura, y sobre todo a estas páginas en esa gentuza coprófaga acuñando conjuras.

Quizá, si no hubiese sido por esa casta inquisidora (que sigue multiplicándose por todos lados incesante) Taine jamás hubiera concebido ni llegado a una obra de tal magnitud, al estadio de perpleja perfección y rareza, de bella rareza, hasta hacerla imprescindible hasta nuestros días. No bien debo decir de todos modos, que el grueso de su obra, la línea apologética de su teoría, aunque se ha conservado –para nadie– en su estructura sistemática casi impoluta, sus obras menores que estaban destinadas por él a demostrar y justificar aquella Teoría del Olvido –como también la llamó–, se ha perdido, o quizá, en un fracaso secreto –más improbable–, no escribió o hizo desaparecer en su propio fuego inquisidor.

Todo lo que he llegado a saber de Taine ha sido por sus Diarios o Notas de Viaje. El tiempo en sus cuadernillos se muestra moroso, como si las edades, los años y las décadas, en él, fueran siempre presente, cotidianas, tal vez es esta la muestra más palpable de su ideario, que al final de cuentas termina segando todo tipo de biografía posible o algún rastro de vida en la implacable batalla contra el olvido. Lo más sensato a lo cual puedo referirme, la única claridad de su destino –claridad oscura por lo demás–, es su fin. Se cree que se suicido en los años cuarenta en plena segunda guerra mundial, dos versiones sobre esto: la primera, la más descabellada, fue que alcanzó a llegar, nadie sabe como a Ardens, en plena batalla, y corrió entre los soldados de uno y otro bando, todos mirándolo impávidos, hasta que alguien, cuando corría hacia una trinchera, le disparó en la sien o su ojo izquierdo, un fantástico suicidio por lo demás; la segunda, de la cual tengo registros, que un día le entregó a su amigo más cercano, tal vez el único, una carta de despedida para su familia, y se tiró al mar. La carta, que había legado a su amigo para su entrega con sus escritos en Segovia, estaba en blanco. Este destino, aunque más fiable que el anterior, no es del todo cierto o está totalmente claro, aunque sí el de su obra. Otro final, también muy probable, es sólo desaparecer, intentando –esto lo deduzco– ser su propia justificación, la comprobación final de todo su sistema, de la cierta conjetura de sus teorías. Pero todos estos son relatos de mi padre que poco valen, y que también a mí han legado junto a su obra, como su padre a él antes de morir, como él a mí cuando murió.

Aquella falta de datos biográficos y en cierto modo geográficos ligados a su obra –su sombra y las sombras que por herencia lo cubrieron– me hacen difícil encontrar la causa y esencia en la gesta visceral de su escritura, como quizá lo pueda hacer en casos tan disímiles al leer y re leer a algunos griegos, a hombres como Marx o Bakunin o Friecas o Nietzsche (: estos dos últimos los casos más representativos). Esta lejanía la tengo como venturosa y me permite ahondar en sus textos de manera más libre. Intentar no encontrar nada, encontrar impensadamente en estas viejas y desconocidas páginas sus propias imposibilidades, las luchas ante perdidas, las páginas mínimas que se seguirán perdiendo como tal vez se pierda este cuento-ensayo improbable y ante perdido, esta literatura imposible, este cuento-ensayo-diario, estos olvidos.

En la extensa obra que Taine intituló Teoría de la Ciudad, donde despliega, después de hacer innumerables paralelismos entre la historia (determinismos distintos y anacrónicos imaginarios (bíblicos), tiempos y espacios, geografías y antítesis, religiones, pérdidas de algunas obras, Alejandría en llamas) llevados todos en ecuaciones matemáticas imposibles de exponer, explicadas de maneras conceptuales, y abreviadas a un principio de devastación, acusa y lapida todo tipo de devenir de la historia en su interpretación, ya que están dadas, junto con cierta literatura, hacia la complacencia de un determinismo del olvido fraguado con las oficiales lecturas de ellos mismos. Explica, siempre de manera confusa, a veces por medio de una matemática ilegible, que las grandes tragedias no dan lugar al ser humano sino a la utilidad de una sociedad sobre este. En pocas palabras, siempre el hombre termina siendo un ser servil ayudado por este mecanismo salvaje contra todo tipo de testimonio. A este capítulo que llama De la matemática de la historia, que no pretendo explicar en sus principios –mas mostrar mi confusión, perpleja siempre–, quizá es el más complejo y entramado de los capítulos y sencillamente de todos sus escritos, pero la claridad, o su intención teórica está expresada en su lenguaje, que responde toda pregunta por él, por sus términos absolutos. La matemática en su libro pasa a ser la justificación caótica de lo que la estructura lingüística quiere expresar, y su imposible objetación.

El mecanismo de la historia que Taine fijó se ramifica en los siguientes capítulos ejemplificando todos los grandes movimientos en los que la historia y el ser humano están envueltos. Cita de manera brillante los éxodos primeros de la historia, la absurda modificación del mundo en su gran parte, creyendo que la biblia (siempre en minúscula) y el Cristianismo –no Cristo– son la abolición del hombre, y las luchas y geografías que intentan levantar y enaltecer a la raza humana llevados por cualquier descabellado sacrificio que en su único momento la intención a sido devastarlo por completo. Cuando finaliza la parte histórica de la obra hace un retroceso y toma el camino final hacia la ciudad. Sociología como engaño, muestra que la base última de toda agrupación es el hombre pero el hombre nada determina en su evolución, además se enfoca en como la civilización le quita más espacio de tiempo al hombre, mecanizando su vivir. Luego habla de los inventarios geográficos y su purga y lucha, olvidando la tragedia mínima como evolución verdadera, cambiando la moral y la política y la historia y toda creencia en vetustas concepciones regidas por la religión u otras aberraciones. Tal quede la gran tragedia como enseñanza que brota del hilo de los años, y el dolor y toda significación –para ellos miserable– se deseche y queden las resignaciones del perenne presente, las blasfemias indestructibles de miles de años.

Por otra parte, la dificultad que suscitan los textos de Taine, dejando afuera su Matemática de la historia, son la inexistencia de una base de sus teorías, basado en hechos solamente, hace medio anárquicas sus explicaciones ya que no se pueden comprobar en una imposible antítesis, pensándose perfección tanto teórica e interpretativa, además que no se contrapone a ningún sistema filosófico, lo que es también una dificultad hecha a propósito de las mismas concepciones que Taine despreciaba y sabía estaban en el hombre de hace mucho tiempo atrás y en sus generaciones, y que también estaban en él, como lo reconocía, aunque eran en si vicios menores, llamándolos irónicamente. Pero la imposibilidad de esclarecer y clarificar de algún modo la oscura teoría de Taine sobre el mecanismo de la historia que se despliega de manera aleatoria llega a su punto culmine, a un clímax terrible en la última parte de la Teoría de la ciudad, ya que cuando recién se toma el tema central que llevará a Taine los últimos años de su vida a comprender como estas fuerzas teoréticas y teológicas, históricas, que devienen inevitablemente en una memoria anexa pero propia de los hombres, y de la misma ciudad, casi siempre erigida en hierro o de bautizo carretero, harán desaparecer al hombre y a esa ciudad. En esta última parte parece olvidar todo aquel mecanismo que fue desarrollando, que según él mismo desaparece luego de actuar, indeleble muchas veces, propia defensa y ausencia y defensa que lo harán imperceptible para la humanidad entera, así como su propio nacimiento. De esta forma el hombre nacido y criado y crecido, formado en las leyes propias de quienes han ido fundando y refundando –autotrampa del hombre servil: Taine trata esto en su Viejo hombre nuevo, 1923, Meudon– el tiempo y la historia, han desplegado de manera silenciosa, para confundirnos los confundidos, para no poder reconocernos.

Anuncia de manera catastrófica la desaparición del hombre, la desaparición incluso de geografías, como ha evidenciado en otras obras que así ha ocurrido con ciertas civilizaciones y algunas regiones.

No tengo duda que en esta, su obra más importante, las páginas más hermosas e inquietantes, las más impredecibles, que hacen parecer innecesarios los principios y Apocalipsis modernos, desconcertantes muchas al nivel de abandonarlas por completo, son como hermosos recuerdos imposibles de volverlos a asir, como los recuerdos de un viejo senil, como los recuerdos de un hombre que agoniza. Probablemente es ese amor a esas páginas incomprensibles dentro de la Teoría de la ciudad, lo que hace amar el total de su obra, y despertar el interés morboso, que lo tengo, por ella. Bernhardt Taine comienza al fin una tentativa de literatura innecesaria y morosa que se aleja limpia de todo lo ya escrito como una despedida dolorosa de lo que antes se amó pero dejó atrás puesto que no había otro camino, como un amor atroz, hermoso, que nos mata. Aquí es donde para mí todo comienza, en un libro que se transforma dialéctico aparentemente, sin revés y sin anverso. Nos cuenta de manera sencilla, casi conmovedora, como si fuera lo último que escribiese (que no lo fue) lo que tanto había intentado elaborar, construir, dejando todos los ánimos condenatorios de lado, como si intentara reconciliarse con quienes a menospreciado y acusado, como si él y los más miserables tuvieran a fin de cuentas el derecho a perderlo todo vanamente, a algo venturoso que no podría mencionar, hablando desde la tristeza más agónica, desde lo más bello e inquebrantable, desde la flaqueza humana más miserable y orgullosa.

Las ciudades que se levantaron, y que ya ninguna volverá a nacer o levantarse más que a la muerte y su destrucción, supeditado ante los determinismos expresados antes, son los que determinan nuestra conciencia y nuestra memoria, y por sobre todo nuestro olvido. Sobre la base de esto el hombre se desarrolla y teje el simulacro de existencia, sin saber todo lo que fue algún día. No conoce lo valioso de su especie, ignora todo. Su memoria y su ser se vuelve un compendio de atrocidades que podría aniquilarlo en vida (:llámese esto locura, ver Florecimiento descontrolado de la enfermedad endémica del hombre, Revista Aujourd’hui en Etranger, marzo del año 1917), junto a los absurdos y su ignorancia, el sudario ruinoso, haciéndolo nada dentro de la gran nada. Pierde el amor verdadero, pierde las verdades que están trastocadas, pierden el saber que no hay nada que perder.

Como expiación a mí, a este ensayo (o este cuento o esta literatura que se buscará sola) que no quiere ser la expresión minimalista de la razón o ejecución de una obra ajena, o su redención, pequeña reseña nostálgica de una obra que trasciende toda escritura o apología, que trasciende mi escritura y mi literatura imposible en estas páginas, y su gesta remite, como Taine, a una trastienda incomprensible, inteligible, que se deberá seguir buscando, aunque este a dos pasos de nosotros y la rocemos tímidamente, y que está muy lejos de Karl Bernhardt Taine. Por ello, una última nota, un último aporte sobre lo que Taine explicó de manera tan brillante y original y que nadie podrá referir. Al explicar lo que el mecanismo de la historia y su falso heredero la ciudad crea y cubre a los hombres sus ánimos, su memoria perdida, ejemplifico con un punto literario, que creo jamás nadie a notado. En sus páginas apuntó a Shakespeare como el insigne hombre esculpido (o escultor) por los (para los) invisibles derroteros de la historia y sus fuerzas. Nada menos que el dramaturgo de Londres, de Avon, de Inglaterra. Taine se mostró como un devoto admirador de su palabra, pero también veía en él al más miserable objeto de la falsedad del mundo. Lo acusaba, Geografía de la infamia, Amberes, Francia, 1929–, de desperdiciar todo su genio, su brillantez literaria, su poesía que podría haber sido la más terrorífica condena para el mundo falsario que maltrata al hombre, puesta al servicio de la gloria hacia lo más vergonzoso y miserable de todo su tiempo, de perpetuar la vileza de la gran historia en un entorno de macabra e infeliz sublimación, llevando la tragedia al sí de la gran historia en su fondo. Añade, breve, que no por coincidencia hace aparición un Cervantes menor, imprescindible, obviado en su tiempo, lleno de un humor y bondad galopante, que desaparece al morir, por gracia no del todo.

Otras obras de Taine –Notas de viaje; Cartografía en fuga; Desapariciones ilustres; La isla Embarcada; Vuelve Adán; y Pedro Arena en el viento– completan su teoría y disparan a mansalva sobre todo y todos.

Tristemente, como ahora acaba este ensayo, estas páginas, su obra cúlmine y monumental, de la cual algo esbozó en sus Notas de viaje, no llegó a escribirla, y si lo hizo, se perdió completamente. Sus desconocidos volúmenes, que ahora veo, que seguiré leyendo y traduciendo en silencio, seguirán inconclusos y perdidos como él, por lo menos en este silencio. Para nadie habrá enseñanzas, para nadie las páginas imprescindibles. Quizá es aquello (un gran, un pequeño quizá) que intentaba escribir es la gran verdad develada y nunca absoluta, que nada queda y todo lo perderemos y ni siquiera los intentos nos salvarán de este absurdo. Todo lo que no escribiremos. Todo lo que seguiremos escribiendo. Como Taine, como yo, como tantos otros.

  • Aldaba

    Yo imprimo todos tus escritos, Excelente!. Mis mas sinceras felicitaciones.

  • Marcelo

    Excelente! leo siempre la ultima papita. Pero primera vez que escribo, los temas de tristan son muy interesantes y la forma de escribir diferente a todo lo demás. Muy buen escrito este.Saludos al Señor “M” que también lo leo.

El menú de la semana

Lunes

Con papa y caldo

Martes

Donde las papas queman

Miércoles

Saco de papas

Jueves

Agarra papa

Viernes

La papa en el calcetín

Sábado

Dos cucharadas y a la papa

Domingo

Papita pa'l loro

Fueron la última papita un día... »

Había una vez... »
Achira (2)
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Andú (1)
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