
Foto: Sherpa [cc]
II
Al tiempo de terminar estas últimas páginas (y tal vez mientras las escribía), de abandonarlas junto a mis demás papeles teniendo la certeza de que develar la vida y obra (y el fin) de Karl Bernardht Taine estarán siempre vedados para mí, pensé en que estas líneas son la imposibilidad última de develar la obra (o lo que queda de su obra), como si hubiese inventado en la páginas anteriores el ensayo imposible, el ensayo roto que apenas se escribe o no se puede escribir. Terminé las líneas y las guardé. Estuvieron allí años, lo cierto es que no sé cuanto tiempo. No sé si las olvidé; la obra de Bernardht Taine la leía y re leía e incluso traducía (aun queda un libro por traducir, Requiem während eines Nachmittages), pero fue como si nunca escribiera nada acerca de él.
Cada vez mis escritos van perdiendo su lógica y en el mejor de los casos se malogran quedando incompletos, hay una novela de quinientas páginas que no ha querido escribirse, que me impide escribir la próxima palabra, la próxima frase. Cuentos y otros escritos que pueden ser cuentos o novelas o comienzos de novelas o inciertos capítulos de novelas que no son más que páginas mínimas y terminaran siendo fragmentos de una obra perdida. He comenzado a llenarme de obras que se pierden, de manuscritos inconexos y frases imposibles. No sé cuando ha empezado esto o si realmente me lo podré responder, no sé si fue por su obra o es una extraña enfermedad literaria, pero escribía, y al escribir, sin darme cuenta me iba convirtiendo no en ese Bernardht Taine lúcido y pesimista, sino en su sombra, esa que terminó desapareciendo por siempre, como yo creo ahora terminaré por desaparecer.
El mismo destino que envolvió a Taine es el que hoy comienzo a sentir alrededor de mí. Así como él yo también he recibido el trato condenador y el menosprecio de familia y amigos y ser la abreviatura de toda ciudad, sombra sin importancia por calles sucias.
Apenas si he podido llegar hasta aquí y mi desesperación, notoria en mis letras, hoy es justificada. Apenas puedo volver hoy a la vieja máquina que escribe aquí sola como si se burlara de ésta sombra. Pero no es por mí que ésta vieja máquina comience nuevamente. (Ya es tarde) Durante mucho tiempo dejé toda ejecución (sí, ejecución) de literatura. El único ejercicio de escritura que he hecho –que hoy me es tan ajeno– es un símil de aquel Diario o Notas de Viaje y de su fragmentada y caótica Desapariciones que desplegué en torno a la ciudad, y que a decir ha acentuado esta enfermedad, esta condición de sombra literaria.
Por ello que esta vieja máquina llena de tristezas ha vuelto sobre mi escritura malgastada que nos perderá (me perderá) por completo, sin tregua, es esta tentativa de memoria disipada a la manera de Bernardht Taine, lo que me ha hecho volver antes de mi muerte y mi propio olvido, lo que en palabras de Neruda lograron expresar mejor: ‘Guarde mi sangre este sabor de sombra para que no haya olvido’.
En aquel diario a modo de inventario, de viaje por la ciudad, entre los muchos días, anoté e hice referencia a dos hechos bastante cercanos que me devastaron. Cuando murió mi madre no escribí claramente sobre su muerte, como si en verdad no hubiese sucedido. Tuve yo que viajar más de seiscientos cincuenta kilómetros para dejar sus restos en la ciudad que vivió toda su vida con excepción de sus últimos enfermos años. El camino a esa primera ciudad fue siempre el mismo. Los lugares perpetuamente nuevos que quienes ya han hecho el viaje les recuerda la geografía nominal que, extrañamente, tal vez por nuestra tendencia al olvido, se mantiene persistentemente nueva, apenas reminiscente (esto me ocurría en ese momento, por lo cual no noté mi tendencia a la sombra, a la desaparición), con aquel sentimiento de alegría y tristeza de todo viaje, la tristeza de la muerte de mi madre que nunca aprenderé a sufrir, que nunca sabré llorar. Habían pasado varios días, su velorio y entierro, debido a su enfermedad y el lento viaje, fueron breves. Y en esos días de agonía y muerte y despedida, luego de varios años de haberme alejado de esa ciudad que siempre fue mía, al reencontrarme con ella, y de algún modo también con mi madre que siempre fue lejana y extraña, fui dándome cuenta que la ciudad de tiempo atrás se había escapado, que su transfiguración había comenzado con nuestra llegada en ese momento más que con su partida, y hoy ya no era mi ciudad sino la de otros, la de los muertos, la de las sombras que guardan las calles. Sólo en aquel momento pensé en la muerte de mi madre como en un hecho real y muy lejos de mi sentir, como hoy, al escribir sobre Taine, reparo en un hecho real y patente de mi enfermedad tanto tiempo escondida siendo sombra de mi sombra. Mucho después, intentando buscar en el papel como un después necesario e impalpable, atrozmente, me fue imposible escribir una sola palabra sobre aquello, como si toda mi memoria, los años, el final de los recuerdos y las edades, no ocurrieron o no quisieron quedarse. (Cáusticamente, esto el lo primero que logro escribir sobre ella). De vuelta a esta ciudad, a Valparaíso, saqué esta especie de Diario y me dediqué a escribir aquellas dos cosas terribles que me devastaron, al acercarme al ataúd de mi madre y mirarla no era mi madre, por eso lloré, cuando salí de la Iglesia que quedaba no muy lejos de la antigua casa en la que vivíamos con mi familia, la calle, que tantas veces caminé, creí no haber visto jamás, y se convirtió en una pequeña calle de Montevideo que visité cuando era un niño.
III
Por eso lo mejor es no escribir, o escribir con los ojos cerrados, a teclas revueltas, a dedos ciegos, sobre rostros desaparecidos, en papeles sobrantes, sobre ciudades de nombres olvidados, con un reloj roto, en páginas mínimas, a suerte de toparse sin saber con una última palabra, con ese nombre que guarda todo, con sabor a ceniza, a fuego muerto.
Nota: lo enrevesado de lo escrito al final de estos capítulos, luego de leerlos, me ha hecho querer no corregirlos, creo que demuestra lo que va sucediendo conmigo, con mi escritura teñida de la sombra de Taine, teñida de Taine.
IV
Por estos días la literatura comienza a alejarse, a diluirse en el horizonte que nunca miramos.
El viejo Jorge Marchant, ahora que escribo por segunda vez sobre él, me doy cuenta que siempre, al igual que yo, sin saberlo, era una sombra, un ser inexistente para todos, aunque sus labores y sus secretas labores digan lo contrario. Vivía en una vieja casucha al pie de dos cerros que mal se juntaban o mal se separaban dejando un espacio lleno de árboles y desnivelado, haciendo una especie de escondite donde se ubicaba su destartalada morada, lo que le gustaba mucho y era muy propio de él. Era el cartero de los últimos tres cerros de Valparaíso, exceptuando a Playa Ancha.
Lo conocí, imposible de otra manera, al final de sus días, cuando enfermo y cojo y mal parado apenas repartía el correo, lo cual, como una vez me dijo, no era mucho, ya que las boletas de lo servicios básicos las entregaban carteros de las mismas empresas, su trabajo era mínimo y habían semanas en que no tenía correspondencia que entregar, por qué ya nadie escribía cartas.
Me hubiese gustado conocerlo años atrás, saber algo de su vida, de su pasado, de la mujer de la que nunca habló pero conservaba una foto que llevaba en su bolsa, su único amigo que murió y recordaba tan tristemente. Nada de ésto dijo incluso en la hora de su muerte cuando me entregó su bolsa –sin la foto– y ya muy cansado, me dio severas instrucciones sobre aquellas cartas. Debía, dijo, abrirlas todas, leerlas una por una, luego volver a cerrarlas y dejarlas junto a las otras que por años había guardado en un buzón que se encontraba en la calle Serrano junto al ascensor Cordillera y que se encontraba abandonado y para la empresa de correos inexistente como también para los transeúntes, y que por su ubicación, parecía ser parte del edificio a simple vista. Allí me explico que él habría todas las cartas y las leía, y como le había tomado cariño a algunos destinatarios, se tomó la libertad de re escribir toda la correspondencia de algo más de treinta personas, que como dura la vida para ellos, intento quitar esa dureza haciendo las letras de esas cuartillas más benévolas, haciendo historias más bellas, alejando catástrofes irreparables, alargando vidas de seres queridos y lejanos o reconciliando o devolviendo mínimas esperanzas; esperanzas que para él, ya no existían. Antes de depositarlas en aquel buzón en donde me aseguró que nadie las recogería, tendría yo que re escribir esas cartas, y entregarlas a sus destinatarios. Luego nos quedamos en silencio por largo rato, no dijimos nada, apenas me di cuenta que había muerto mientras miraba hacia la puerta, como esperando que alguien entrara por donde nadie entraba. Quise arroparlo bien, no sé por qué. Quise acariciar sus cabellos, arreglarlos ya que estaban desordenados, quise darle un beso en la mejilla, pero sólo me limite a mirarlo de lejos y me fui. Pagué sus funerales y lo enterré en una tumba sin nombre que no volveré a visitar.
Debo decir que re escribí las cartas, sin el perfecto ejercicio falsario, sin su imitativa caligrafía, y las entregué a sus embelecados destinatarios. No me pareció extraño que nadie acusara la falta de su presencia o preguntara por él. A los pocos días me dispuse a encontrar el viejo buzón de la calle Serrano para echar las faltantes cartas dentro, y que don Jorge me dijo era el último que quedaba en la ciudad. Caminé por las calles oscuras y viejas y pasé por una esquina desnivelada donde se juntan dos calles convirtiéndose en una como un monótono y torpe y sucio laberinto que no va a ningún lado. Siempre he creído que uno podría perderse lejos de la ciudad al cruzar por allí, esto puede provocar más de alguna incrédula sonrisa para quienes logran transitar por esas calles todos los días, pero al pasar por sus veredas siempre me ha nacido un intimo miedo a perderme en esas avenidas conjugadas y conjuradas, acentuado todo ésto por el vagabundo que allí pide limosna preguntando si esta ciudad es Coquimbo, que como puede estar aquí, que él sólo cruzó una calle y ahora no sabe donde está o donde ir, además siempre le veo allí, angustiado, muerto de miedo y desesperanzado ante la gente insensible, como si estuviera atrapado en esa calle, con terror a sus pasos y la ciudad.
Cuando llegué al ascensor Cordillera o que sube hacía el principio del Cerro Cordillera busqué durante largos minutos –una hora y media más o menos– aquel viejo buzón abandonado del que me habló Jorge. Hice todo lo posible por cumplir lo prometido, hasta le pregunté a unos cuantos vecinos y transeúntes sobre el buzón pero nadie me pudo decir nada. Me quedé junto a la escalera con mi Diario en las manos pero no escribí nada. Hoy que escribo en esta máquina, lejos de los infranqueables muros, de las calles rostros, como no lo hice en ese entonces, pienso en todas esas cartas que nunca llegaron guardadas en un buzón desaparecido y las que en aquel entonces sostenía absurdamente, y que eché en el borde costero junto a unos botes destartalados. Aunque hoy me pregunto por esas cartas que ya no están y que nunca llegaron, y por las que Jorge Marchant escribió y re escribió e intentó hacer de la vida algo más venturosa, como el viejo Jorge, ahora escribo como si lo hiciera sobre algo ya escrito antes, como si escribiera sobre otra escritura, lentamente, marcándola encima para que el tiempo no la borre, y ahora, como un niño desconsolado, y ese día en la escalera, lloro toda esa vida que se perdió y se seguirá perdiendo.
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Cata Tapia J
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Ego






