Foto: Ignacio Conejo [cc]
Para tu fantasma.
Escribía yo algunos días atrás para esta misma sección una crónica sobre el suicidio y los suicidas, y al poco andar de mis palabras dejé de escribir, no porque sufriera de alguna imposibilidad de hacerlo sino porque recordé un amigo suicida o que se convirtió en suicida, y desde mucho tiempo atrás que lo había recordado, probablemente desde su muerte hasta hoy. Es poco, tristemente, lo que recuerdo de él. Nos tratamos de forma muy exigua, y en el momento en que comenzábamos una amistad más férrea o más cercana, cuando sobrevino su muerte. Nunca nadie, ni siquiera su mujer hablo de su muerte. Luego, otros, que tal vez sabían lo mismo o menos que yo, hablaron de una muerte sanguinaria y atroz y agonizante por su propia mano. Le negaron el responso cristiano y su ataúd fue sellado sin que nadie, salvo sus familiares, lo viera. Dejó una breve carta, por lo que me contó su mujer. Se llamaba Raúl Aguirre y a los días de ser rápidamente sepultado, me llegó una carta a su nombre que traía un cuento dentro, y que aquí transcribo.
LA OTRA MUERTE.
1
Hoy murió. Me dijeron que hoy murió, me lo dijo un amigo, su nombre no importa mayormente. Vino por la tarde, tomó un café y lo comentó. Echaba el azúcar a la taza sobre el café y lo mencionó, y mientras lo bebía a sorbos terminó de hablar, medio riendo, medio triste: nada triste en verdad. Vino porque sabe que de algún modo me interesan estas cosas –aunque a veces pienso que viene sólo por el café que le sirvo–, no el chisme de hoy o ayer, sino este tipo de cosas que pasan, o a quien le pasan. Como dije: vino, tomó su café y se fue. Sé que vendrá otras veces y sé que no le importará lo que diga –como a mí a veces tampoco me importa lo que dice–, sólo se sentará frente a mí una y otra vez y yo lo escucharé mientras se tome su taza de café: cuando pienso que tocará a mi puerta, me digo que no abriré, incluso cuando lo hace pienso lo mismo, pero de igual manera abro la puerta y lo dejo hacer su paseo monótono.
Por hoy procuraré no abrir la puerta aunque sea mi mujer la que venga, la dejaré afuera, y si logran entrar, me esforzaré por no escuchar sus voces que intenten decirme algo que no sé y no quiero escuchar.
Como dije hoy murió. Se llamaba Julio, Don Julio como antes le llamaban, aunque ya casi nadie le llamaba de ninguna forma. Era lo que podríamos decir el zapatero del barrio, aunque tampoco nadie arreglara sus zapatos ya. Me acerqué sólo unos segundos a la ventana –luego me alejé lo más posible– y todo seguía tan normal como siempre –si normal fuese lo que vi–: desde la cortina corrida podía ver el taller, y lo único fuera de lugar, fue que entre la calle despoblada, la persiana metálica del taller que bajaba siempre a media tarde y con el sol, inmóvil en medio del cielo, estaba cerrada.
El taller del viejo era uno de esos lugares que ya no quedan, ocupaba la mitad de la casa, y no es que el taller fuera demasiado grande o amplio, sino era un espacio de tres metros por dos, al igual que su habitación que sólo poseía una mesa de noche y la cama, conectados por una puerta, y el pequeño patio donde se encontraba el baño. No le pregunté más detalles a mi amigo sobre que iba a pasar con su cuerpo sin vida, no tenía familiares, y si alguna vez los tuvo y aun están vivos, creo se han olvidado ya de él; y además quienes lo conocieron y pasaban por fuera de su taller, y él con su indumentaria septuagenaria, la cara oscura ofreciendo una sonrisa en el sucio umbral, parecía no estar; como tampoco estará su cuerpo para flores esperando marchitarse.
Fuera de mi amigo cafetómano, que de nada se acuerda del viejo (lo ha olvidado como el resto de las gentes), y yo, no creo que alguien más note que ya su taller no se abrirá más. Para cualquiera que viera esas cuatro paredes que ya se caían llenas de clavos y espejos rotos colgados, unos gatos en peregrinaje macilento bajo la mesa y la silla, y el olor viscoso a betún y neopreno anclado bajo el techo, era una pocilga a la que por nada del mundo entrarían, y en efecto, los últimos años ya nadie entraba. Y no sé que hace en mí que su desaparición me entristezca y sobrecoja, y escriba éstas líneas.
Formó hasta hace poco parte de mi vida pero mayormente de mi infancia, infancia jugada en una odisea que no pude retener, por las calles embarrándome, la niña a la cual nunca me acerqué, las correrías con mi amigo que aun no tomaba café, llorando por los golpes que los más grandes –o los de mi edad– me propinaban, y los juegos que a veces se jugaban sin mí. Y como por ese entonces –por esas correrías– no podía desaparecer del campo visual de mi madre, que me salvó de muchas golpizas gracias a sus prevenciones e intervenciones a tiempo, merodeaba siempre curioso por las afueras del taller, que ya se veía con poca clientela, y Don Julio siempre solitario sentado en su mesa trabajando o simplemente mirando tras la puerta la calle.
(Sus días se caracterizaban por una especie de tarda monotonía: cuando el viejo habría la persiana con estruendosa sonoridad, oxidada y pintarrajeada soez e ilegible a veces, no era suficiente para hacer notar su presencia, barría levemente la calle, luego entraba y se bebía un té algo menos que claro, y se paraba en el umbral que regalaban la espesura del olor sin brillo, una o dos veces entraba y buscaba en esa estantería cetrina, alguna bota o zapato que necesitara nuevo revestimiento o suela resistente, que el tiempo a echo raer.) Durante largo tiempo fuimos su única compañía –mi amigo y yo; mi amigo el del café–, ya no jugábamos en la calle sino lo mirábamos trabajar todos los días sobre el calzado que nadie calzaba. Y sobre esto siempre me pregunté, hasta el día de hoy, porqué el viejo seguía trabajando y remendando una y otra vez los mismos zapatos. Eran esas estanterías las que siempre llamaron mi atención, llenas de zapatos lustrosos y casi hecho pedazos, parchados una y otra vez, inmóviles, desheredados de pasos, sin ir a ningún lado. Aunque cuando era niño pensé, no sé porqué, que todos esos zapatos eran suyos, y los dejaba algo mejor de lo que no podían estar, por si necesitaba ir a algún lugar que nunca visitó.
Y ahora que lo pienso no era ni el tiempo ni la inmovilidad perenne lo que desgastaba los zapatos, o desteñía la foto de su señora esposa ya ida o palidecía las paredes llenas de clavos que no llegaban a la foto de un Cristo también palidecida –quizá este por el olvido–, sino más bien por la tristeza del viejo, la soledad que incluso yo acentué aun más cuando fui creciendo y alejándome de él y visitándolo tan pocas veces después; y el seguir en estas cuatro paredes mejor no creyendo, suponiendo en el papel, suponiendo esto que no sé porqué lo escribo, quizá no queriendo que desaparezca del todo, no creyendo y olvidando la visita de mi amigo y la taza de café que dejó sobre la mesa sin lavar, y que nada salió de su boca, pensando que no ha desaparecido, que no a muerto y su tristeza perdura, espera –en mí, en él–, y nada a cambiado, y aun se para en su umbral cálido, y de aquí puedo inventar los paseos de los gatos y la pereza del viejo y su taller añoso, los zapatos que se volverán a reparar por su mano que labre el cuero marchito otra vez sino por quienes los dejaron –no Don Julio en esa melancolía agrietada– y ahora los reclaman, estará esperando que dejen la repisa.
Por eso ahora saldré de estas cuatro paredes y dejaré este papel que ya no se escribirá, saldré y esperaré a que la tristeza no deje de desteñir los objetos, esperaré afuera, en la acera sin barrer frente a la persiana carcomida inscrita de mano anónima, esperaré a que se abra y el viejo no se halla cansado de esperar, no se halla cansado de la tristeza, no halla difuminado su existencia aletargada, me sentaré a dos pasos a que su sonrisa se dibuje escondiendo el dolor y la tristeza enclaustrada que el taller exhibía.
2
Aquí estoy, afuera del taller, he salido de mi casa, aunque traje el papel conmigo, que sé me ayudara a re-escribir estas cosas, sé que nunca es demasiado tarde. Seguiré sentado aquí, hasta que se abra la reja con su ruido estrepitoso, y vea a Don Julio sentado en el umbral sonriendo falsamente, quizá le ahora hablemos de lo que nunca hablamos. Allá dentro seguirán deteriorándose los zapatos de nadie, seguirán destiñéndose las paredes y difuminándose las fotos. Seguirá todo igual, y este papel sólo lo recuerde, y tarde o temprano el olvido y la tristeza quizá tiña mi memoria y estas páginas seguirán esperando por él, conmigo.
MARZO, 2003.
No sabía que él escribía. Cuando leí sus páginas creo no recuerdo muy bien lo que sentí. Guardé el cuento, nada le dije a su familia y procuré olvidar todo eso o lo olvidé sin mediar esfuerzo alguno. Ahora, por estos días, al escribir sobre el suicidio, sobre suicidios insignes y ejemplares, y por el mal gusto y los errados conceptos que tienen las gentes sobre la muerte apurada por la mano oportuna y próxima, volvió este recuerdo como una pesadilla y no ha dejado de perseguirme.
Como Raúl escribió, todo seguirá igual, pero este papel no lo recordará, aunque, creo, tarde o temprano el olvido y la tristeza quizá tiña mi memoria pero estas páginas no seguirán esperando por él.
El recuerdo de mi amigo es borroso, y su muerte está fuera de lo ejemplar y lejos de ser insigne. Tal vez, y es lo único que podría decir sobre él, quiso mi amigo que su muerte fuera tan sólo otra muerte.






