Quieto, aguantando una nota como quien se aguanta la muerte a conciencia. Quieto, con el llanto en los dedos y el grito en el cielo. Literalmente. Quietos todos, quieta la guitarra, quieto el agua tras de sí. Lo único móvil, casi invisible, es su mano. Conspiradora la mano y el chillido que se convierte en voz. El público asiente ante cada verso que cree los identifica. Quieto, aguantando la misma nota durante toda la noche, como aguantando la verdad que pesa sobre sus hombros. Un abrazo mágico. Entre leones nos reconocemos con sólo mirarnos, dice. Yo ahora creo que este es un profeta, lo pienso por un segundo más breve que lo normal. No, no es. Es un joven que canta a la vida y a la muerte, a lo humano y lo divino. Es un joven que anda pateando su sombra y que sabe exactamente cómo hacerlo. A guitarrazo limpio y a gemidos incesantes, nos muestra cómo se convirtió en el mejor cantautor chileno de la actualidad, cómo salió de San Antonio con lo puesto y se instaló a conquistar el mundo, sin quererlo.
“Yo lo único que quería era cantar y sacarme esas ideas de la cabeza” pudo haber dicho, y su hermano lo reafirma. Hoy llega de paso al Valparaíso que lo acogió, de paso digo porque hace unos meses se despidió para irse de gira a Europa, y en unas semanas más se sube de nuevo a un avión para bajarse en la Expo Shanghai.
Como un niño, Chinoy, curiosea entre las nuevas cosas que sabe del puerto. Libros, pintores, uno que otro bar nuevo. ¿Cómo te fue en España? Atino a preguntarle. “Otra cosa, me dice, pero otra cosa no significa que sea mejor”. Los eché de menos, pensé que diría, y la verdad, pienso que lo hizo, pero no lo dice. Cómo no extrañar todo este humo que cubre Valparaíso. Lo dice Kaskivano, ahora radicado en Santiago, “extraño saber que puedo bajar a la plaza y encontrarme con cualquiera y que ese cualquiera puede ser un amigo”. Está bien, está bien. También se ha acostumbrado a acostarse más temprano, con menos bulla. Pero qué bulla puede ser el canto de tierra y de guerra que sale de la guitarra de Angelo Escobar. Yo no me acostumbraría nunca, pienso.
Chinoy desenvuelve la guitarra y canta. “Aquí tienes una última papita, deberías andar con grabadora”, me dice justo antes de tocar una canción que ya le he escuchado cantando en la calle, con amigos, con un libro de Efraín Barquero recién comprado y un vino en botellitas plásticas. No sé ya donde estoy. Ah sí, Santiago.
Quieto, aguantando una nota como se aguante solamente a la vida. Así pasa Chinoy sus conciertos y sus días.
En el Centro Arte Alameda se hizo el lanzamiento oficial del documental que grabara Vincent Moon hace un tiempo en Valparaiso. Grabó a diversos cantautores porteños y no porteños, que tienen algo que los tira a actuar por estos lares. Quizás no sea el caso de Gepe, un exiguo en estas zonas, pero que cada vez suena más seguido; pero sí Goli Gaete, que hace un par de años dejó la parafernalia mediática de Tsunamis y se vino a cantar guitarra de palo en mano a los cerros y los bares; sí también Pascuala Ilabaca, habitante desde siempre, sin importar tanto viaje, vuelve al puerto triste y colorido, y que desde su cuartel general en Cerro Cárcel ordena cual directora de colegio a todos los músicos que habían de acompañarla el viernes pasado en el lanzamiento de su disco; sí también Angelo Escobar, que desde La Serena trajo la voz comprometida y los versos simples de connotaciones tremendistas; sí Fernando Milagros, que imagina mundos caídos del cielo y los implanta en la realidad cotidiana de nuestras calles atestadas de sociedad-suciedad; sí Kaskivano, el enfant-terrible que vino a vivir con su hermano un tiempo y no aguantó la tentación, había mucho que hacer y faltaba quien lo hiciera, Kaskivano tomó esa determinación y en menos de un año ya sonaba en cada bar del puerto; sí Camila Moreno, que incluso grabó el video de un single en la ciudad puerto y que cada vez que se acerca al mar, nos trae alguna sorpresa; sí Manuel García, el tío de todos, por su trayectoria de rockero y por su calidad musical, arraigado en Santiago, venido del norte, sus pasos por Valparaíso han dado frutos innegables; y sí, claro, Chinoy, quien hizo (hace) un recorrido por los cerros, haciendo sonar la guitarra desde lo alto hasta el mismo mar, hablándole a lo que no suele estar ahí para escuchar, perros, niños, señoras de mediodía; como se ve, todo en Valparaiso y la música es temporal, como este documental, que si bien registra un momento único, quedará como anécdota entre tanto otro panfleto oportunista. Vincent Moon viene de afuera y eso es rescatable, viene a dejarnos un poco de él. Viene de lejos para registrar lo que seguramente un amigo latino, o un turista le llegó a contar a su hogar en Francia. Aprovechó la oportunidad y grabó este hermoso documental. Milagros en la cárcel realizando un Take Away Show, todos los músicos recorriendo el barrio puerto tocando por la calle, el Bar La Playa como escenario de una fiesta de los años sesenta.
Disculpas aparte, después del documental vinieron las presentaciones de algunos músicos.
Pascuala entona dos o tres canciones, cuenta anécdotas y trata de hacer sonreir a los 500 santiaguinos que la miran embobados. “Oye que es linda Pascuala Ilabaca” me dice un fotógrafo amigo que se gastaría varias memorias si de él dependiera. “Y ahora escúchala tocar el acordeón y cantar”, le replico. Ay mamita, mamita. Bailo un poco avergonzado, no me acostumbro a tanta luz y estoy incómodo. Le toca a Fernando Milagros, trata de hacer un par de canciones íntimas y para mi sorpresa, lo logra. Veo por ahí a Goli Gaete, nos saludamos y le presento a mi amiga, quien minutos antes me había preguntado mientras veíamos el documental ¿quién es ese rubio que canta con esa voz de otro mundo? Goli me dice que llegó recién, que no alcanzó a ver la película, que va a tocar en Valparaíso pronto, que después hablamos, que le encanta esta canción, que quiere subirse al sillón para verlo mejor. Baila mi amiga, suena Reina Japonesa, esto está para grandes hits, pienso.
Ahora es el turno de Angelo Escobar y Kaskivano. Se suben juntos y pareciera que están sentados en la plaza Anibal Pinto. Qué gusto me da verlos. Tiembla todo el hall del Teatro Arte Alameda. Tiemblan los estómagos cuando Angelo canta su canción a los anarquistas, Kaskivano le sigue y todos cantan Villa Francia. Angelo de nuevo, amor a la vida. La única arma que puedo cargar, dice, y acaricia su guitarra tatuada. Esto seguirá más tarde, se me ocurre, y me acarician a mí. Cierro los ojos. Me siento en una misa. Canta Chinoy ahora. Amén, dice al final de una canción, y la sensación crece. Tiene el pelo corto, o no. Parece un indio americano, el Tao Te King en su mano, Chinoy canta las canciones que quiere. Lo cortan justo cuando entonaba la canción que escribió con motivo del terremoto. Una falta de respeto, aunque quizás se estaba alargando mucho. Total, pienso, la brisa seguirá rasguñando los pavimentos más tarde. Música envasada, cumbia. Bailamos, todos con todos. Carlitos Borquez demuestra que lo suyo es la tocar la melódica y el bajo. Angelo Escobar me dice que nos vamos. Upa chalupa. Lleven la guitarra, les digo a él y a Kaskivano. Claro, me dice, es lo único que importa.
Hoy no estamos en Valparaíso. Estamos en cualquier parte, pero estamos todos juntos, al menos en espíritu. La Ultima Papita informa que dormí en el living de una casa, que el Tito Yañez no alcanzó a cantar anoche porque los vecinos reclamaron y que mi amiga le escribió la dedicatoria más hermosa que haya visto al Tao Te King de Chinoy.
(*) La producción dijo que probablemente harán un lanzamiento del documental en Valparaíso. No hay fecha.
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