Nov 25
Foto: Dave_B_ [cc]PETIT
Tengo en mis manos –un decir- el primer disco –EP le llaman: no sé muy bien lo que significa- de mi amigo Petit –Cristián para mí, para todos casi-, quien conozco y tengo largas y raras conversaciones con él a menudo, quien también me lee y es un crítico muy duro y verás y temible también a veces, a quien por lo demás respeto mucho y guardo un gran afecto por él, más allá de algunas bromas que nos gastemos y algunos juegos de Fútbol que siempre termina ganando. Tuve el disco en mis manos y ahora lo estoy escuchando, y lo he escuchado por segunda vez y tal vez lo escuche una tercera y siga sonando toda la tarde. El EP está dedicado y me lo obsequió personalmente. No puedo hacer más que alegrarme por él. Fuera de este sentimiento, al tener el disco en mis manos y escucharlo, tengo esa extraña sensación de encontrarse con esos libros más queridos y perdidos hace mucho, libros que olvidamos en manos ajenas que jamás devolvieron, libros difíciles de encontrar, y menos aun nos han podido encontrar a nosotros, libros que llenan estantes que no veremos.
El disco se llama ‘Llegar solo y salir con más’, y ahora que lo escucho, recuerdo cuando después de muchos años de perder un libro rarísimo de William Faulkner, muy querido, dejado en la casa de una mujer que ya no recuerdo, y ella supongo ya me habrá olvidado por completo, además era una niña y no mujer como ahora, me encontré con ese ejemplar de New Orleans Scketches en una librería de viejo, en otra ciudad, con una nota de una dirección escrita de la mano de una mujer que hacía poco dejaba de ser niña, en la última página, con la grafía de una extraña. Tengo ese mismo sentimiento aunque no he perdido nada ni he reencontrado con nada. O tal vez sí y no lo sabré. Nadie sabe nunca nada finalmente.
Pero de las certezas que nos quedan, creo que Petit seguirá arrancando, con o sin miedo a ser atropellado en una calle de su puerto, esas historias mínimas y personales que pasan desapercibidas para la mayoría en la vorágine de pasos de la ciudad que tanto conoce. Desde su mirada portentosamente distinta y distante a la placa común con la que cimientan y nombran las calles de su ciudad, desde la profundidad de sus canciones y la preocupación por el lenguaje, da un paso al lado de una generación de cantautores alineados para las multitudes. Lejos de los facilismos y los discursos repetidos hasta el hastío, casi como tocado por la gracia, está allí para oídos atentos, como uno de los pocos autores chilenos en la canción de autor, si no el único.
Seguiré escuchando sus canciones y de vez en cuando conversando y riendo de todo y nada con él. Espero no lo atropellen, si no es así, su música no dejará de sorprendernos, y el tiempo nos deparará un cantautor de una factura extraña y poco común, de una talla que todavía está muy lejos de ser medida.
Tristán Durruti.
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