Un blues bien callejeado. Eso oigo apenas me asomo a lo gris. Un blues de cuneta a dos voces: Arrimado a las luces/ van cayendo los placeres/olvida las nubes/van rugiendo las mujeres. Y eso hacen. Van rugiendo las mujeres una a una; son celebradas en esta, su noche. Son las dueñas de los abrazos y son las flores que iluminan el Teatro Oriente.
Van riendo las mujeres cuando Camila Moreno da la primera puntada de su bordado musical; y las invita a tocar a todas, a bailar y a deslizarse por su lado, a correr por los pasillos, a jugar.
Estoy entre disperso y sobrepasado por las cuerdas sublimes invitadas al escenario, cuando me pillo aplaudiendo a la altísima Francisca Valenzuela que sube a pasos de gigante y le pone un toque dulce a una excelente versión de Hay cosas que no se rompen.
Luego viene el tío de todos: Manuel García, ¡Manu! le gritan algunos de los que pagaron los $5000 (¿serán amigos de siempre?) y pareciera que se va a ir sin meter mucha bulla, pero se sientan ahí mismo, Camila, el gordito estiloso, la mini segunda voz y Manuel, en el borde del escenario (patitas colgando) y se mandan sin micrófonos un quejido que sólo le había imaginado al flaco en la cruz.


No cabía nadie más en el subterráneo del Proa (¿Proa 80?) y ya eran la 01.00 am cuando recién se ve a lo lejos el paso lento de Manuel García por Av. Errázuriz. Viene liderando un grupo que completan Camila Moreno, un par de músicos, Kat Frankie y un herido de guerra. Son cerca de las 02.00 y el aire se hace irrespirable dentro del local. La convocatoria sobrepasó lo esperado. Se pasea un tipo feliz de la cobertura. El guardia ya se olvidó de cobrar. ¿Cuántas personas caben? Ciento veinte o más en un espacio que roza la ilegalidad.





