Jun 09
“Ha llegado la hora vestida de pánico
en la cual todas las vidas carecen de sentido, carecen de destino, carecen de estilo y espada
Carecen de dirección, carecen
de todo lo rojo y terrible de las empresas o las epopeyas o las vivencias ecuménicas,
que justificarán la existencia como peligro y como suicidio; un mito enorme, equivocado, rupestre, de rumiante
fue el existir”
(de Canto del Macho Anciano, Pablo de Rokha)
Repito: todas las vidas carecen de sentido. Le doy la importancia que siempre se ha relegado a las tumbas: todas las vidas carecen de dirección. Insisto en gritar lo que está pintado en cada muralla y que parece saltarnos encima a cada paso: todas las vidas carecen de todo lo rojo que justificará la existencia como suicidio.
Y el vínculo no es claro.
¿Qué tienen en común la música y Pablo de Rokha? El vértice es explosivo, atómico y mundial. De un inicio, sabemos que el poeta esdrújulo tenía en sus versos ese caudal incontenible, sabemos que entre sus adjetivos corría más que sangre y odio; y ahí, justo ahí yo creo que está el vínculo. Ahora se ve claro. De Rokha vivió (a su pesar, lo hizo saber) lo justo para ganarse el Premio Nacional y putearlo, hizo arrepentirse a cada uno de sus palabras de envidia. Cultivó el odio profesionalmente y el amor apasionado por sus ideales.







