Siete de la mañana del 18 de Diciembre. ¿Dónde estoy? Un despertador me suena extraño. Es el mismo y yo soy otro. ¿Es el despertador lo importante acá? Logro enfocar mi mirada y por fin siento una gota de seguridad, estoy en mi casa, acostado con los pies en la almohada, con las zapatillas en mis manos, pero en mi casa. El despertador se calla de una patada precisa y yo comienzo a recordar.
A las 19 horas del día anterior un llamado me sacó del letargo. Había estado leyendo Pavese, viendo The Acid House, nada se veía muy positivo esa noche. Era Sr. P: Alo. Sí. Pucha es que… ah ya. ¿dónde queda? Será, vamos. Y así no más fue. Una botella de vino bajo el brazo, un pan en el bolsillo, una chaqueta antibalas para ir a la guerra.
Después de estar media hora entre unos mutantes de caras azules cantando y pateando vasos con ritmo cansado (suena raro pero es tal cual), caminé con Sr. P por las calles aún vacías rumbo a la dirección indicada. Sindicato de estibadores.
Una calle, un pasaje, otra calle, otro pasaje, gente buscando el sindicato tal por cual, alguien preguntándole a los porteros de los pubs. Nada. Una tocata fantasma de aquellas. Volvía el letargo. Las manos picando por una cerveza.
Sr. P daba por perdidas nuestras borracheras cuándo vimos la puerta del paraíso abriéndose frente a nuestro ojos. Unos argentinos cobrando entrada y un rusio rasta vendiendo los discos. Excelente.
¿Qué mejor que la autogestión? La autogestión on weeeed.
