
Durante mucho tiempo, me acosté temprano. A veces, nada más apagar la luz, los ojos se me cerraban tan deprisa, que no tenía tiempo de decirme : « Me duermo ».
Mi última conversa con Gastón Cereceda fue en un contexto extraterrenal. ¿Me explico ? A nadie le importa. Me contó de sus experiencias musicales, de los momentos de insomnio, de lugares comunes, de su apocalíptica visión de la vida. En esto último, no coincidimos. Claro porque ya se nos venía el sol encima y yo aún no veía a los caballos de ceniza bajando desde el cielo. Simplemente, no creí. Pero sí creí en la pureza de sus palabras y su música. Lejano al autobombo como se puede estar de la propia sombra, Gastón Cereceda logra con este disco (50 copias, grabado hace más de dos años sobre cintas pirateadas) un sonido minimalista como pocos. De sus influencias, ni hablar. No las conoce nadie y es justo lo que uno busca en un disco como este.
¿Cómo servirse este disco ? Acompáñese, si quiere, con un vino y un poema de Huidobro.






