Era una zona de guerra. Nos preparamos toda la vida para este momento. Era una guerra declarada. Estábamos atrincherados y con atavíos propios de la ocasión. Vino con frutilla, cervezas a mil, maní para los que llegaron temprano, regalos y sorpresas para los incautos; pero nadie esperaba una ofensiva tan avasalladora. Comandante Jalea estaba preparado para recibir el frente de ataque. Era su primera guerra y el miedo natural no deja ni rasguños en su coraje.
El reloj marcaba las veintidós con treinta y el barómetro estaba que reventaba. Los comandos enemigos comenzaron a descargar sus armamentos. Llegó uno de los nuestros a brindarnos apoyo táctico, el comandante Palote Herrera prometía su propio batallón defensivo. Nuestra técnica monetaria persuasiva no funcionaba del todo, nos estábamos llenando de enemigos en nuestra propia casa.







