
Jugar en las noches hasta que el sueño se haga dueño. Jugar a veces en las tardes aburridas. Jugar sobre todo de madrugada, cuando el sol esquiva las máscaras y la sonrisa abunda en los reflejos de las botellas. Esa es la idea de muchos, el juego.
Aprender a jugar, rompiendo reglas pasadas de moda y haciendo nuevas sobre la marcha; descubrir en el juego una forma de sobrevivir, la última forma que va quedando, dijo alguien por ahí, un jugador de noches viejas, caza recompensas de mala vida.
Y si no es así, cómo, me pregunto yo. Odiando y aprendiendo. ¿Cómo?, pregunto otra vez. A golpes, dijo el peruano.
A Palote Herrera le quedan pocos días de vida entre los mortales. No sé que quiso decir con eso. ¿Le queda más vida entre los no-mortales? Vida útil, me atrevería a decir. Quizas no usó la palabra vida, y dijo simplemente que le quedaba poco entre los mortales. Le queda poco como a todos nos queda poco. Poco de todo. Si nada tuvimos nunca, y esa nada la vamos perdiendo, más encima. ¿Qué nos queda?, poco, claro.