Foto: Milivoj Sherrington [cc]But grim to see is the gallows-tree,
With its adder-bitten root,
And, green or dry, a man must die
Before it bears its fruit!
Oscar Wilde
Cuando el prisionero C.33, encarcelado por indecencia grave en mayo de 1895, y pasando dos años haciendo trabajos forzados en una cárcel de Berkshire, escribió Ballad of Reading Gaol, golpeado por el ahorcamiento de Charles Thomas Wooldridge, Soldado de la Guardia Real Montada -ajusticiado por cortar la garganta de su mujer lleno de celos-, tal vez como lo hacen los verdaderos poetas, jamás pensó, escribir una de las obras más conmovedoras y hermosas que se hayan escrito sobre el vivir y morir en la cárcel. Cuesta hoy leer –releer en mi caso, tal vez es peor aún- aquella balada que habla de condenados que miran ese pedazo de cielo azul como nadie lo había mirado antes; cuesta saber que uno mata lo que ama; cuesta saber –tal vez siempre lo supimos- de hombres que perdieron por completo la esperanza; cuesta encontrarse, en esas páginas, hombres condenados a la redención, ya que de tanto no verlos, de tanto despreciarlos, de tanto echarlos al injurioso olvido, el tiempo se encarga bruscamente de tirárnoslo a la cara.
Papita cosechada por Tristán Durruti











