
El miércoles 14 de Julio se cumplirán (escribo esto días antes, posiblemente se publique el mismo 14) siete años de la muerte de Roberto Bolaño. Sus libros inéditos y sorpresivamente encontrados se publican (El Tercer Reich, Anagrama, 2010), y de seguro se seguirán publicando (Diorama y Los Sinsabores del Verdadero Policía o Asesinos de Sonora, que se anunciara por Andrew Wylie como parte del hallazgo póstumo). Su fama sigue creciendo como sus fanáticos y detractores, que de plano ninguno de los dos entiende su obra, y muchos o casi todos los lacayos de la literatura (los esbirros, los mercachifles, los bardos aberrantes) tienen palabras para él, incluso yo, que también más de alguien debe pensar que soy parte de ciertas cofradías abominables. Ahora en este julio hostil, en el julio hostil de los supervivientes, pensando en este Bolaño ausente, pienso en todo lo que hemos perdido y seguiremos perdiendo.
Recuerdo el julio menos hostil de la muerte de Bolaño. Recibí la noticia con consternación, la consternación de lo improbable, de la sorpresa. Mi mujer de ese entonces, al llegar a la casa, me dijo lo ocurrido intentando prepararme para la noticia como lo hacen malamente todos. Hacían tres meses de la muerte de mi madre y pensé en su posibilidad, pero nunca en Bolaño, algún familiar poco querido o una vecina insoportable, la anciana del negocio donde compraba el pan, el enemigo que aún espero su final. Supongo que lloré o creo que lloré o imaginé llorar. La muerte requiere lágrimas para la tristeza y el horror, son inaplazables si el muerto es querido o un hermano, necesita luego los silencios después del llanto y las palabras lejos del consuelo, como si en verdad no entendiéramos la muerte, como si fuera algo extraño y lejano y necesitamos que nos lo expliquen, como si fuésemos niños, niños con poco entendimiento que sólo conocemos la rabia, niños desamparados aguardando un abrazo y que nos digan que todo va a estar bien. La televisión no había dicho nada de Roberto Bolaño, de su enfermedad ni su estado ni de su ingreso en el hospital Vall D’Hebron, sólo su muerte esa misma noche. Lo habíamos perdido, algunos lo habíamos perdido; pensé, en medio de ese abrazo de niño desamparado enfrentándose a lo que no entiende, en que si en cambio hubiera muerto toda la Nueva Narrativa Chilena no hubiésemos perdido tanto, como pasó con el descanso eterno de José Donoso, no el de él, el nuestro, el de los lectores, el de la literatura.

Los voy escuchando en el bus camino a conce, el señor que iba al lado mío me miraba como diciendo “cabra tal por cual, desde aquí se escucha”, pero en ese momento lo imaginaba como un Sr. Candidato y al mismo tiempo me daban ganas de saltar hasta que salieran callos, por así decirlo. Sé que exagero, pero como dice Tony Wilson, entre contar la verdad y la leyenda, es preferible contar la leyenda.
Llevan ocho años revolucionando los tímpanos a los jóvenes lotinos con su puesta en escena simplemente notable. Teatropellan es una mezcla de ska, punk, rock and roll y pachanga. Estos chiquillos vieron morir a su guitarrista en un ensayo en el teatro de su comuna al electrocutarse con el micrófono, pero su gran amiga se unió a la banda, y lo mejor y más significativo que encuentro es que toca con la guitarra que él que usó ese día. La pasaron muy mal, pero ellos dijeron la música, nuestra arma… Santi. Es la frase de guerra de Teatropellan en homenaje a Cristian Santibáñez “Santi” al cual tienen muy presentes en sus tocatas. Su música hace que te echen cascando de tu casa por mala influencia para tu hermano chico.

Jugar en las noches hasta que el sueño se haga dueño. Jugar a veces en las tardes aburridas. Jugar sobre todo de madrugada, cuando el sol esquiva las máscaras y la sonrisa abunda en los reflejos de las botellas. Esa es la idea de muchos, el juego.
Aprender a jugar, rompiendo reglas pasadas de moda y haciendo nuevas sobre la marcha; descubrir en el juego una forma de sobrevivir, la última forma que va quedando, dijo alguien por ahí, un jugador de noches viejas, caza recompensas de mala vida.
Y si no es así, cómo, me pregunto yo. Odiando y aprendiendo. ¿Cómo?, pregunto otra vez. A golpes, dijo el peruano.
A Palote Herrera le quedan pocos días de vida entre los mortales. No sé que quiso decir con eso. ¿Le queda más vida entre los no-mortales? Vida útil, me atrevería a decir. Quizas no usó la palabra vida, y dijo simplemente que le quedaba poco entre los mortales. Le queda poco como a todos nos queda poco. Poco de todo. Si nada tuvimos nunca, y esa nada la vamos perdiendo, más encima. ¿Qué nos queda?, poco, claro.
Papita cosechada por
Sr. N

Cae la noche en Pudahuel, donde el sol se ha de esconder, y en bares del lugar, la guitarra ha de sonar, gente entra a escuchar los relatos del señor, como un golpe infernal, la verdad ha de cantar, se prepara para entrar al escenario a deleitar, mil personas han de esperar la armonía del cantar, con guitarra y su voz, y una harmónica es mejor, cuantos temas para hablar, de esa mente han de escapar, vuelan libres y serán tuyo y mió al escuchar cada nota suena igual que un disturbio popular, sin remedio mas que hablar, mejorar y ordenar, esas frases para dar un sentido racional, ahora dejo a la opinión, sin prejuicios y temor, escuchar y comentar a este muy buen cantautor. Chan, chan.
Papita cosechada por
Sr. J

Antes que todo una aclaración. Sr. E es probablemente el único personaje ficticio dentro de esta sopa de señores con letras que conforman La Ultima Papita. Aunque cueste creerlo, pero Sr. N o Sr. M existen como tal, mientras que yo solo me remito a un comportamiento o conducta casual.
Hecha esta acotación, mi colega Sr. C usurpa mi personalidad y relata en primera persona una anécdota musical de esas que tanta lata nos da leer.
Salimos a recorrer Valparaíso en una de esas caminatas nocturnas que de vez en cuando se hacen necesarias. Con el engrudo tibio, la brocha o utensilio similar de turno y el rollo de papel con nuestra propaganda impresa. Bajamos a la estación Barón y usurpamos el frontón aquel donde chocan los zombies cada dia, cada mañana, todos los putos dias del año. Incluso esa mañana cuando mochila de camping al hombro te diste cuenta que tus vacaciones y el Elqui quedaron lejos muy lejos.
Dieciséis afiches, uno al lado del otro, otra corrida un poco mas abajo. Un improvisado papel tapiz y ya agarramos la mano. Vamos por Uruguay, asaltando cajas de electricidad, sigamos por los paraderos de Pedro Montt donde las viejas y sus bolsas del super harán que las fotos salgan mas lindas. Llegamos a Condell, la muni en nuestras narices y que tanto, la maldad ya está hecha. Chaucha cabros, los verdes vienen de frente. Cagamos. Pongamos cara de weón. Bota el engrudo.
Papita cosechada por
Sr. E

Me veo pillado de tiempo, de ideas y de ganas. Me veo obligado a hacer algo que no quería hacer y que no debía hacer yo de todas maneras, no era parte del trato. Ya está hecho.
En mi escritorio encontré este disco de Geosónica que tiempo atrás el mismísimo le regaló al Sr. N en el Bar El Abasto. De pasada lo autografió, pero no es otra cosa que una prescripción médica infalible para la caña el insomnio. Veamos de que se trata, pensé. Una vez terminado me pregunté ¿y de qué se trataba? Chanfle, no tuve tiempo de pensar, pasó muy rápido. Vamos de nuevo, vamos.
A la larga, no puedo explicarlo, la falta de ideas hace estragos. Lo escuché cuatro veces al hilo, y en este momento va una quinta. La primera vez me dio la impresión de que la música era de lo más relajante, por no decir pajera; las letras tenían influencias variadas, por no decir que eran copias textuales de algo. Pero naquenbecker, ahora me parece que este Geosónica se quiere burlar de mi, sus letras tienen algo irónico que creo entender y la música es un hipnotizante. Eso es. Autitos, gatitos y perritos.
Papita cosechada por
Sr. M
|
El menú de la semana
Martes Donde las papas queman
Viernes La papa en el calcetín
Sábado Dos cucharadas y a la papa
Fueron la última papita un día... »
|